Reseña de “La bofetada de Gilda”: Una cordialidad beligerante

No se fíen de Kike Cherta. No le den nunca la espalda. Detrás de sus abrazos esponjosos, de su sonrisa de esquimal, hay un escritor con garras y machete en boca que se empeña en mostrar esa parte espinosa de la realidad que, a menudo, apartamos con dos dedos para no pincharnos. No se fíen, háganme caso, del trazo sencillo y eficaz de La bofetada de Gilda, su primer libro de cuentos. Sus textos les llevarán de la mano con el gesto amable de una geisha, sí, pero esa cordialidad esconde a menudo una verdad que escuece y que les llevará a frotarse la cara sin saber muy bien qué imprudencia han cometido.

Los doce relatos de La bofetada de Gilda están trufados aquí y allá de diminutivos candorosos, de onomatopeyas de tebeo que dan, a veces, una apariencia de texto naif, inocuo, soñador, a lo Robin Hood moderno. No se crean nada. No se dejen llevar por la habilidad de su autor para la lograr la pregnancia en una escena, ese milagro de mostrar el desnudo de una mujer a través de una peca en la cintura. No se dejen confundir por la prestidigitación de sus comparaciones ni por el tono burlón, por momentos cómico, de muchos de sus cuentos. No hagan caso, sobre todo, de esos narradores que a cada momento insisten en decirnos que nos está diciendo, para que la narración se desenvuelva ahí, a medida que leemos, y ante nuestros ojos. Nada hay más sospechoso en literatura que un narrador sincero: las voces de los cuentos de La bofetada de Gilda hablan desde la honradez de un gesto sin cálculo, desde la honestidad infalible del mismísimo héroe de V de Vendetta. No se fíen de la cobertura afable de estos textos, ya les digo. Es sólo una postura, la crema que esconde el veneno, un artificio, en suma, como todo en literatura.

Los protagonistas de los cuentos de Kike Cherta no se mueven por pasiones como el odio o la venganza. No es eso. Las historias en las que se ven envueltos tienen poco que ver con tramas complejas o el asesinato de una viejecita. Es, más bien, que, al modo de Raskolnikov en Crimen y castigo, los personajes de La bofetada de Gilda tienen un conflicto interno bien gordo. Un conflicto previo que les paraliza y les impide matar, pero también amar o relacionarse con naturalidad. Esto es: no se tragan el rollo de la viejecita. No se la creen. Los personajes asisten al teatro de la vida sin la convicción necesaria para participar en sus simulaciones sociales, para moverse con solvencia entre sus decorados cursis. Son incapaces de cumplir con lo que se espera de ellos porque han llegado tarde y con la obra ya comenzada. Y así no hay manera de ser un buen hijo, como en el magnífico cuento de «Coma», ni un buen novio («Espejismos») y ni siquiera un buen amante («La bofetada de Gilda», que da título al libro).

Los protagonistas de estos cuentos asisten, torpes, a la parafernalia del amor como a un juego vedado, exclusivo para creyentes. Y esta deserción se torna contagiosa en cuentos como «Vecinos» o «Playback», en los que el protagonista desvela al prójimo ―en el prójimo― el paisaje de cartón piedra en el que vive, sueña y cree. Le descubre la cremallera de su disfraz con la saña de Al Capone, casi regodeándose en ello. Pero no lo hacen por venganza, o por la alegría de hacer la puñeta, o porque sean un poquito cabrones, no. Lo hacen movidos por esa complicidad que une sin remedio a los damnificados por un terremoto, como gesto de condolencia hacia su prójimo ―ahora sí, prójimo de verdad―. Lo hacen como saludo de bienvenida a un mundo pelado, chato, huérfano ya para siempre de esa cosa fácil y tontaina que llamamos convención.

Los relatos de La bofetada de Gilda conviene leerlos desde esa complicidad de sujetos arrojados a la modernidad, pero aún equipados con imaginarios y convenciones del pasado. Sin duda, estamos ante unos cuentos sediciosos, juguetones, peligrosos. Y ante un escritor que, con su mirada encarnizada de la realidad, tiene aún muchas cosas que contarnos. Lean los cuentos de Kike Cherta y no le pierdan la distancia.

Están avisados.

Víctor García Antón

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *